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Antofagasta nos había tratado como si estuviésemos en nuestra propia casa, pero si bien es cierto que hacen falta un poco de comodidades después de tantos meses viajando en la bici, también lo es la concepción del viaje como una senda que se debe recorrer y que nuestros pedales no pueden atracar en un puerto descuidando así las aventuras venideras. El día elegido para partir había llegado después de millones de detalles imborrables de nuestras mentes y de experiencias compartidas a lo largo de estos días felices, abrazos, besos y apretones de mano son símbolos de la hermandad y el cariño que se deja sembrado en estas calurosas tierras y que esperamos recoger frutos en un próximo encuentro pactado para un viaje futuro. Pero es difícil ahora despedirse de las pequeñas, Isidora y María Antonia no entienden los mismos símbolos que su madres y familiares por lo que queda en ellas ese vacío de haber perdido a sus nuevos amiguitos aunque pronto podría ser camuflado entre juegos y canciones. Tomamos de nuevo la ruta que nos conducía a través de la costanera sur de la ciudad cargados de los nuevos artículos que toman valor de recuerdo, sin mirar atrás nos fuimos alejando kilometro a kilometro tratando de acostumbrar de nuevo nuestros músculos al ritmo despiadado del peso en las alforjas. Cada centímetro en la carretera traía consigo un aroma matizado de pensamientos, una visa para los sueños y un continuo trasegar de líneas amarillas que nos inspiraba a continuar. Pasaron alrededor de quince kilómetros cuando la pequeña vía fue desembocando todo su caudal a “la negra” una de las arterias viales que recorre a Chile de norte a sur y por donde se mueve todo el parque automotor de este rico país. Estando allí abrimos nuestros ojos a una realidad que teníamos adormecida en nuestros planes de viaje, el desierto, una enorme masa de arena caliente cuya extensión es imperceptible desde nuestro punto de vista, pero que en los mapas se registra como de unos mil kilómetros bordeando el mar hasta llegar a la ciudad de Santiago. Tomamos un breve descanso deleitando el paladar con unos melocotones en almíbar fruto de la cosecha de algún supermercado (en lata), hicimos unas pequeñas averiguaciones acerca de la distancia a recorrer hasta el próximo pueblo y las provisiones que debíamos tener a bordo de nuestros contenedores para poder cruzar bien preparados. En medio de estas labores surgió del camino una buena oportunidad de llegar a Santiago cómodos y por mucho menos dinero del que hubiéramos gastado en alimentación y agua. Edmundo y Andrés, dos conductores de camión que se ganan la vida moviendo estructuras largas y cargas especiales estaban justo en ese momento haciendo un alto en el camino para tomar sus alimentos y recobrar energías después de un viaje muy largo; estos dos amigos aceptaron llevarnos sobre su camión si nosotros hacíamos nuestra parte del trabajo que era cuidar en la noche las valiosas pertenencias que yacían en el mismo a lo que nosotros dijimos que si enseguida. El camión estaba cargado con un par de camionetas, una con platón y otra cabinada, las cuales cumplían la función de carro-escolta exigido por ley cuando se llevan cargas especiales. Nuestras bicicletas fueron a parar en el platón de una de ellas muy bien aseguradas y nosotros viajábamos supremamente cómodos en la otra con buenos colchones y cobijas para pasar las frías noches del desierto. A medida que avanzaba el camión por altibajos y curvas crecía la confianza entre Edmundo, Andrés y nosotros; recorríamos muchas ciudades sorteando el tráfico y luchando contra el viento en las carreteras, de esta manera conocimos Tal Tal, Chañaral, Caldera, Copiapo, Serena, Coquimbo y un millar de paisajes en los cuales solo habitaban personas que se tomaban las carpas de vivienda durante la mayoría del verano con el fin de reducir sus gastos en electricidad y alquiler. De parte de nuestros dos nuevos amigos solo recibimos lindos detalles y muestras de amistad que solo se ofrecen a personas afortunadas como nosotros; en el día a día degustábamos los platos tradicionales de las ciudades que recorrimos y compartíamos postres y bebidas por cuenta de nuestros anfitriones, a los que atendían a las mil maravillas en cada parada por ser ellos los que deambulan con sus cargas a cuestas el país entero. En una noche de viaje estacionaron el camión en una estación de servicio y aprovechando que Andrés tenía un familiar en la ciudad se prepararon para pasar la noche con El, así también nosotros dispusimos nuestro espacio para descansar e hicimos unos nuevos amigos que venían viajando con sus pocas pertenencias en mochila y querían aprovechar la seguridad que ofrece el camión a la vera del camino para entablar su hotel mil estrellas; todo marchaba normalmente cuando aparecieron de nuevo Andrés y Edmundo ofreciéndonos una invitación para tomar la cena con ellos y disfrutar de un plato típico en ambiente familiar ¡el asado!. Carne, choricillos, ensalada, puré y un buen vino componían los manjares de la mesa. Una foto para inmortalizar el momento y a disfrutar, cada uno se sirvió su plato hasta quedar satisfecho y en medio del agasajo se compartían historias del camino desde seis miradas diferentes, la cena se había convertido en un debate cultural de una riqueza infinita. De vuelta a nuestra morada y después de muchos agradecimientos para con ellos fuimos a entregarnos a los brazos de las musas nocturnas que delicadamente fueron consumiendo nuestros últimos parpadeos para sumirnos en un plácido sueño. Bienvenidos a Santiago es lo que uno puede apreciar en algunos carteles en la berma de la carretera, pero ¿quién da la bienvenida?, serán aquellas personas que se pasan los días enteros en una oficina produciendo riquezas a otros que ni conocen, o serán los que desde el gobierno administran las riquezas de toda la población sacando en algunas circunstancias ventajas propias, o incluso podrían ser los enfermos mentales que desde el manicomio revelan todas sus extrañas ideas para hacernos sentir bien recibidos mientras son dopados con drogas supremamente fuertes, eso nunca lo sabremos, lo que si les puedo contar es la historia de cómo fuimos rescatados por un desconocido y las aventuras que desde ese momento empezaron a brotar como las plantas cuando la semilla cae en terreno fértil. Edmundo y Andrés nos dejaron en alguna plaza del centro de Santiago después de cuatro días y tres noches de recorrido por el árido desierto, no conocíamos a nadie ni nos ubicábamos en la ciudad pero gracias al olfato bicicletero desentramamos los caminos y fuimos a parar en el cuartel de bomberos, fue un choque, un hotel cinco estrellas no tiene nada que envidiar a las instalaciones de aquel cuerpo estatal, se hizo el intento de buscar su ayuda pero la respuesta fue negativa; pero según sus indicaciones podríamos alojarnos en un hogar cercano que daba albergue a los viajeros como nosotros. Ya era tarde en la noche cuando empezamos la búsqueda de este lugar para pasar la noche, unas cuadras de frente luego girar a la izquierda y la derecha en variadas ocasiones y se empezaba a observar un cambio drástico en el aspecto del barrio donde estábamos entrando, calles más oscuras, edificaciones de muchos años atrás y menos cantidad de personas en las calles. No hay que ser un genio para darse cuenta que estábamos entrando en la boca del lobo y que debíamos acelerar nuestros pasos para encontrar el lugar aquel, pasaron unos minutos y lo conseguimos, una gran sorpresa invadió nuestras mentes cuando descubrimos que el sitio para viajeros era un hogar de caridad para mayores de cincuenta años que no tuvieran donde pasar la noche. No contaba este lugar con capacidad para albergarnos con las bicicletas y se percibía un ambiente no muy apto para nuestras pertenencias lo que obligo a dar marcha atrás y en medio de la oscuridad darnos a la búsqueda de un hostal cercano. Nuestra bienvenida a Santiago no era entonces tan bien venida, amanecimos en un hostal en alguna calle del centro capitalino y comenzamos la búsqueda de algo de ayuda por parte de nuestro patrocinador Giant, de lo contrario deberíamos seguir nuestro camino y negarnos el placer de conocer una de las ciudades más cosmopolitas de América del sur. Dando rienda suelta a nuestros pedales en la búsqueda del distribuidor de Giant nos encaminamos hacia uno de los mejores barrios de la capital, era ahí donde quedaban todos los almacenes de gran categoría, se exhibía en las vitrinas la mejor ropa, y se alzaban en las calles los más enormes centros de comercio masivo que nuestros ojos pudieran contemplar. Uno de estos por no decir el mejor que pasamos fue la distribución de Yamaha para Chile, a esa vitrina fuimos atraídos como abejas con la miel, quedamos estáticos frente al cristal viendo los últimos modelos de las más preciadas maquinas a motor de dos y cuatro ruedas, este mundo que nos apasiona y que corre por nuestras venas era ahora cabalgado por maniquíes vestidos con todo el aparejo necesario. En esos momentos el reloj marcaba la hora de tomar el almuerzo, nuestras cabezas eran adornadas con los rayos del sol que en pleno verano logran elevar la temperatura en cada rincón; de la nada aparecen tres hombres vestidos con sus overoles distintivos que los marcaban a la distancia como trabajadores de este enorme local, en un tono risueño salió de la boca de Ecua una frase que cambiaria el panorama de ese día sin un final definido, ¡hey loco, me cambia estas dos por dos naves pues!, refiriéndose a las bicicletas como piezas valiosas que son pero que podrían mejorar con un par de motores de alta potencia. El sonido de aquellas palabras calo de inmediato en los oídos de uno de ellos, al parecer el que podía reconocer nuestro acento paisa en un país lejano, ¡paisas! Contesto El, ese timbre característico de nuestras voces es como el llamado de una madre a su hijo, se inició entonces una larga conversación que comenzó en la calle y termino en la mesa de un lujoso restaurante al que Ricardo nos invito a almorzar. Cientos de frases usadas por nuestros coterráneos salían cada segundo de la boca de nuestro nuevo amigo, nos incito a seguir en la búsqueda de Giant dándonos la dirección exacta y nos puso una cita a las seis de la tarde, hora en que salía de sus labores, para ir a dormir en su casa ya que se encontraba solo pues había terminado la relación con su esposa Chilena. Nuestro encuentro con la tienda Giant de Santiago fue una experiencia chocante a nuestras expectativas, llegamos como viajeros que portan la marca en alto y fuimos tratados con distancia y recelo, solo agua fue lo ofrecido y el tiempo parecía marcar la diferencia entre un buen servicio y un desplante enmascarado. Para nuestra suerte habíamos conocido a Ricardo y seguíamos al pie de la letra su oferta generosa, extendimos nuestros cuerpos en la grama de una casa exuberante para pasar algunas horas mientras se cumplía el tiempo adecuado, condujimos hasta la Yamaha de vuelta y de ahí tras la veloz motocicleta conducida con agilidad llegamos a La Florida, lugar de residencia de Richi, que puso todas las cosas en orden para nosotros poder tener una noche cálida de descanso. Entre su grata bienvenida estaba cocinar para nosotros en medio de cuentos y risas unas deliciosas arepas dignas de las manos de un Antioqueño, los ingredientes básicos que se conseguían en el mercado hacían la diferencia entre unas reales arepas de casa y las Santiaguinas con chicharrón de cerdo frito que comeríamos en aquel momento. Harina de paquete, un poco de agua, sal y la delicada manipulación de un hombre que se canso de comer pan con palta y que no cedió un milímetro a la pérdida de su comida tradicional. Todo esto acompañado de unas cervezas y buena música Colombiana hicieron despertar en nosotros un sentimiento adormecido por los kilómetros de hermandad y patriotismo. El reloj no dejaba de correr y ante cada tic-toc del segundero que martillaba nuestros oídos para recordarnos donde estábamos, se estrechaban más los lasos recién formados contestando así la gran pregunta de quién da la bienvenida. Esa noche transcurrió rápida en medio del alboroto y los cuentos de mil aventuras, el día siguiente quedaríamos solos en “casa” ya que Ricardo cumpliría con su deber matutino en el trabajo. Era viernes y el destino traería de nuevo una emoción a nuestros espíritus aventureros, primera valida nacional de enduro y motocross del año que se realizaría en las dunas de arena cercanas a Valparaíso, eso era una oportunidad excelente de conocer las más afamadas playas de Chile en un escenario de adrenalina y motores. Ricardo propuso a nosotros hacer un recorrido de dos días por Concón, Reñaca, Valparaíso y Viña del Mar para concluir el domingo en el evento del cual debía ser parte activa como mecánico del Team Yamaha. El mundo de las motos en este país se vive de manera más organizada en cuanto a nivel de equipos y camaradería dentro de los mismos, pero se diferencia del nuestro en cuanto a asistencia y las vivencias posteriores que esto encierra. Preparamos las cosas para partir en horas de la mañana; estando ahí aceleramos el vehículo por las autopistas sin fin de alta velocidad, en una hora y media aproximadamente estábamos divisando la bruma que cubre como un manto acolchonado los aires salinos del océano pacifico. Llegamos a la ciudad insignia del mar Chileno que se hizo famosa por el festival musical de Viña del Mar, recorrimos toda la costanera y las calles del centro haciendo una pequeña parada para darnos un banquete Mexicano en un lugar de alto caché, continuamos a Valparaíso el cual sondeamos de arriba abajo metiéndonos por todos los callejones internos que unen la parte turística con la ciudad de las personas que habitan normalmente sus casas; estas callejuelas también sirven desde nuestro punto de vista de barreras imaginarias para dividir las clases sociales, estas hermosas playas a pesar de manejar un alto porcentaje del turismo de este país se hacen ganadoras del primer puesto en las trazas de pobreza, haciendo un contraste, muy interesante, para el ojo agudo de alguien que no venga solamente a gastar sus ahorros en quince días de vacaciones en el verano dentro de las comodidades de un hotel cinco estrellas. Así mismo sucede en las demás playas aledañas en donde se puede conocer un amplio menú gastronómico, gente, deportes acuáticos y de playa, y, porque no decirlo, desinhibirse frente a unas bebidas alcohólicas para calentar los ánimos rumberos. Reñaca, una playa más Argentina que Chilena durante el verano parece un catalogo de vestidos de baño exhibiendo a las mujeres más hermosas en varios kilómetros a la redonda, y no solo se hace por gusto, sino que también hay implícito un dinero que las chicas pueden acceder representando marcas y diseñadores famosos, un dinero que es bien recibido para la temporada vacacional. Llega el día de la competencia y después de una noche de baile en una discoteca donde el humo de cigarrillo es más abundante que el oxigeno mismo y de haber dormido como lata de sardinas entre el carro de Richi nosotros nos preparábamos para tomar algunas fotografías y disfrutar al máximo de la oportunidad de compartir con el equipo de competidores de la Yamaha. Desplazarse sobre la arena de las dunas es complicado, ahora más lo era para los competidores en una motocicleta durante una hora consecutiva bajo el calor abrasante del sol playero. Cumplieron las metas propuestas y nosotros tuvimos un día agotador y lleno de emociones, pero se nos hace más vívido un sentimiento de que los toros no se ven igual desde la barrera, para nosotros que somos competidores se hace muy monótono estar detrás de la acción, lejos de los timones de nuestras maquinas, de ese rugir de los motores, y del sentir que somos los protagonistas y no parte del público general. Nuestro retorno a Santiago no tuvo ningún contratiempo y pudimos descansar en casa de la larga jornada; quedamos comprometidos con Richi de lavar su auto y como siempre de estar listos para las nuevas aventuras. Esa semana paso rápidamente entre conocer amistades, beber algunas cervezas en casa al son de ballenatos que Richi ya no escuchaba hace mucho tiempo, y del pasar de las horas entregados a largos sueños que nos robaban un buen porcentaje del día. Jueves y nosotros listos para salir a conocer uno de los barrios bohemios con Richi, la juventud santiaguina se mueve cerca del zoológico en medio de bares y discotecas donde se puede compartir una cerveza o una buena comida, el barrio Bellavista, una larga colección de entreveradas calles forma la cuadricula perfecta de la diversión, allí se puede encontrar de todo tipo de cura para la depresión y la amargura. Nosotros en busca de un lugar donde sentarnos encontramos “locos por el deporte” un pequeño tomadero de cerveza donde sin saber conoceríamos a los otros dos personajes de nuestra intrépida noche, una historia que podrá ser narrada desde otro punto de vista mucho más interesante que el novelesco acá narrado, mucho más profundo en sentimientos y realidad y con un estilo literario que ustedes mismos podrán juzgar en el próximo artículo de a20porhora.
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